Hablamos de teatro con Arturo Bonín

“Soy un contador de cuentos”

- ¿Cómo fue el momento en que enfrentaste a tus padres y les dijiste que querías se actor?
- Fue muy duro, raro y desconcertante para mi. Tenía 16, y quería dejar de estudiar química para la alimentación, una cosa en la que me metí que me fascinó. Me encantó eso, pero cuando descubrí el teatro, me dio vuelta la cabeza. Le dije a mi viejo que quería dejar la carrera, y estudiar otra cosa. Él era colectivero, mi mamá ama de casa. Mi papá quería que yo tuviese un título de algo. Y cuando le comenté que quería ser actor me agarró y me llevó al médico. El doctor le dijo que era sano, que sólo quería estudiar teatro.
- ¿A partir de qué momento podés decir que tu papá aceptó tu vocación?
- Mi viejo nunca terminó de entender que esto es un laburo. Lo veía como un entretenimiento. Yo hice un espectáculo en 1981 con Nélida Lobato, y mi papá vino como un rayo a verla. Cuando salgo, nos vamos a comer, con mi madre y mi mujer, él en un momento me mira y me dice “¿todavía te pagan por hacer esto?” Pararme en un escenario y apretármela en una situación a Nélida Lobato era para él como un premio, no era un trabajo.
- Y después llegó una carrera con un hacer constante. ¿Cómo se ve hoy ese camino?
- He tenido las posibilidades de contar los cuentos que realmente quise. Siempre lo digo, yo soy un contador de cuentos. Y establezco complicidades con autores, técnicos, compañeros de trabajo, vestuaristas, para seguir haciéndolo. Estas complicidades a veces nos llevan a lugares hermosos. Cosas que también a veces salen mal, pero son un estímulo para la próxima.    
- Un compromiso que en tu caso también se refleja activamente en tu vida política. ¿Qué pensás al respecto de aquellos que critican la militancia de los actores?
- Esto nos pone en el lugar de personas que somos. Primero somos personas, luego cumplimos roles o trabajamos de distintas cosas. Si un médico cirujano puede dar su opinión, ¿por qué no puede darla un actor? ¿por qué no se va a poder posicionar en un lugar cuando, además, está diciendo algo que siente, que le pasa como ciudadano?  No creo en esto que uno no tiene que decir lo que no piensa, todo lo contrario. Tiene que decir lo que piensa y tratar de sostenerlo con acciones, un rasgo de coherencia.
- ¿Sos de ir a ver a tus colegas al teatro? ¿Qué teatro consumís cómo público?
- Siempre que puedo. Trato de hacerme escapadas en los días que no tengo compromisos. Trato de ver teatro alternativo. El comercial, por decirlo de alguna manera, tiene sus ventajas y desventajas. Hay obras que están perfectamente armadas como una réplica de algo que se ve en otros lados, y ese teatro a mi mucho no me gusta. Me tientan cosas que desconozca, nuevos dramaturgos, jóvenes actores y directores, cosas que a mi me interesen porque sigo sumando a mi conocimiento.
- ¿Y podríamos decir que eso sí se encuentra en Buenos Aires?
- Hay muchísima oferta, y ahí me planteo a veces en una contradicción. Me encuentro con hermosos espectáculos que tienen la posibilidad de mostrarse una vez por semana nada más. Y me pregunto dónde va a parar el arte del actor, esto del crecimiento o desarrollo de un personaje a través del tránsito. Ahí me enoja una poco esta superoferta que hay, que es en base siempre al esfuerzo y al sacrificio de los actores.
- Pero podríamos decir que la ciudad goza de buena salud en materia teatral…
- Absolutamente. Y como goza de muy buena salud, en algunos lugares se abusan de eso. 



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